Por el Dr. Carlos Javier Monroy Álvarez.
Medicina del Dolor
Certified Interventional Pain Sonologist (CIPS)
Hospital San Ángel Inn Universidad, Ciudad de México

 

Estimado(a) Doctor(a):

Les compartimos la siguiente nota:  ¿Cómo afectó el distanciamiento social a la severidad del dolor crónico?

 

La pandemia producida por el coronavirus (SARS-CoV-2) que causa la enfermedad COVID-19 ha conducido a los ciudadanos al aislamiento, o “distanciamiento social”, con el fin de impedir su propagación.1

Muchos ciudadanos que se sometieron al aislamiento son pacientes con dolor crónico o edad avanzada, en las personas mayores de 65 años se estima una prevalencia de dolor cronico de hasta un 67%, cifra que incrementa con el paso de los años y empeora al acercarse el final de la vida interferiendo con las actividades de la vida diaria en el 14% de la población, incrementándose hasta un 20% en los mayores de 65 años, algo que tiene mayor relevancia en situaciones de aislamiento.1.2

Es evidente que la situación actual a nivel global ha impactado todos los aspectos de la existencia humana, particularmente el ámbito de la atención médica, haciendo muy complicado el seguimiento y manejo adecuado de enfermedades crónicas incluyendo todas aquellas que producen dolor. El impacto total de la pandemia en esta subpoblación se revelará en los próximos años; sin embargo, en esta coyuntura, es fundamental gestionar las necesidades de nuestros pacientes y seguir proporcionando a los médicos y pacientes, accesos terapéuticos en formas tradicionales y no tradicionales.3

La experiencia de vivir dentro de esta pandemia ha interrumpido la vida diaria en todos los sectores, incluidos los que viven con dolor crónico, los infectados con el coronavirus, los proveedores de atención médica y los trabajadores esenciales, así como los que permanecieron físicamente saludables. Además de los trastornos físicos ocasionados por una movilidad limitada, se debe tomar en cuenta el efecto del aislamiento con la red social de apoyo de cada persona y sus consecuencias en el estado emocional, considerando siempre el contexto del modelo biopsicosocial, que considera los síntomas como el resultado de una interacción compleja y dinámica entre factores biológicos, psicológicos y sociales.4

Uno de los efectos más inmediatos de la pandemia en nuestra vida social es la introducción de medidas de distanciamiento físico y restricción de viajes. Es bien sabido que las interacciones sociales espontáneas con los demás y la participación en roles sociales pueden construir y mantener un sentido generalizado de confianza en los demás (capital social), promover sentimientos de bienestar, brindar protección contra los efectos dañinos del estrés, promover la conexión social y reducir la sensibilidad al dolor.5

Por el contrario, el aislamiento social se asocia con soledad, niveles más altos de depresión y ansiedad, comportamientos de salud más deficientes, sueño más pobre, presión arterial más alta, inmunosupresión y dolor.5

Debido a los servicios de atención médica comprometidos y su limitada accesibilidad durante la pandemia, desventajas socioeconómicas, y exposición a factores estresantes psicológicos (p. ej., debido a la desconexión social o los riesgos de una mayor proximidad social), los pacientes con dolor crónico pueden experimentar una exacerbación de los síntomas.3,4,5

Sin embargo, curiosamente, en un estudio que se llevó a cabo en Alemania, 43 pacientes con dolor crónico dentro de las primeras 2 semanas después del cierre inicial, la intensidad del dolor se mantuvo estable o incluso mejoró. En este período de tiempo, sólo el 11,6% de toda la cohorte informó un incremento en la intensidad del dolor asociado con la pandemia, mientras que el 48,8% informó un deterioro en su estado anímico.6

Un análisis más detallado reveló que pacientes que habían experimentado un cambio en la vida social como consecuencia de las restricciones pandémicas tuvieron índices de dolor más altos que los que no las tenían, aumentando los sentimientos de impotencia en estos pacientes. Por lo tanto, los resultados sugieren un cambio de atención de la condición de dolor crónico hacia la amenaza inminente de una pandemia global en el comienzo del encierro y no una mejoría real sobre la condición física dolorosa de cada individuo.6

Por otro lado, las condiciones de dolor crónico son por si mismas un factor que coloca a las personas que lo padecen en un mayor riesgo de aislamiento social, lo que conlleva a una red social de apoyo limitada y un funcionamiento reducido del rol social, todo lo cual tiene implicaciones negativas para la interferencia del dolor y la intensidad del dolor a lo largo del tiempo.5

Las personas que viven con dolor crónico, han entrado en la pandemia con menos recursos sociales que otros, pueden ser particularmente vulnerables a sentimientos de soledad y desconexión social en este momento. A menos que las personas tengan la capacidad y los medios para mantener conexiones significativas con los demás, a pesar de las medidas de distanciamiento físico, estar físicamente aislado amenaza con exacerbar el dolor y la discapacidad asociada.5

Otros factores relacionados con COVID-19 y el incremento en el dolor crónico:

  • Dolor crónico como parte de un síndrome postviral o el resultado de daño orgánico asociado a virus.
  • Incremento de la intensidad del dolor crónico y mayor limitación funcional debido a la exacerbación de quejas físicas o mentales de dolor preexistente.
  • Dolor crónico recién desencadenado en individuos no infectados con COVID por la exacerbación de factores de riesgo (falta de sueño, inactividad, miedo, ansiedad y depresión).4

Tradicionalmente, el manejo del dolor crónico no ha sido un aspecto relevante a considerar en tiempos de crisis, incluyendo los estados epidémicos. Sin embargo, el derecho de los pacientes al bienestar, a los beneficios sociales y a los estándares de salud pública inherentes al tratamiento del dolor, así como la responsabilidad de los proveedores de salud y cuidadores de proporcionar atención global a los pacientes incluyendo la analgesia adecuada, lo convierten en un aspecto fundamental.7

El sistema de salud tiene el deber de atender a los pacientes con dolor crónico debido a las graves repercusiones físicas, psíquicas y sociales que genera su desatención. En cualquier situación, incluyendo la actual pandemia, que genera una reordenación de recursos sanitarios pero que en último término debe garantizar el seguimiento de estos pacientes.7

 

Referencias:

  1. Mico J. Coronavirus COVID-19 y dolor crónico: incertidumbres. Rev la Soc Española del Dolor. 2020;27(2):72–3.
  2. Malec M, Shega WJ. Pain Management in the Elderly. Med Clin North Am. 2015 Mar;99(2):337-50.
  3. Javed S, et al. Impact of COVID-19 on chronic pain patients: a pain physician’s perspective. Pain Manag 2020. Sep;10(5):275-277.
  4. Clauw DJ, Häuser W, Cohen SP, Fitzcharles MA. Considering the potential for an increase in chronic pain after the COVID-19 pandemic. Pain. 2020;161(8):1694–7.
  5. Karos K, McParland JL, Bunzli S, Devan H, Hirsh A, Kapos FP, et al. The social threats of COVID-19 for people with chronic pain. Pain. 2020;161(10):2229–35.
  6. Kersebaum D, et al. The early influence of COVID-19 pandemic-associated restrictions on pain, mood, and everyday life of patients with painful polyneuropathy. Pain Rep. 2020 Oct 14;5(6):e858.
  7. J.M. Asensio-Samper, M. Quesada-Carrascosa, G. Fabregat-Cid et al., Recomendaciones prácticas para el manejo del paciente con dolor crónico durante la pandemia de COVID-19, Revista Española de Anestesiología y Reanimación 2020.